El poeta alejandrino Konstantinos Kavafis, influido por la cultura clásica, escribió poesía que circuló de forma reducida, hasta que fue reivindicado casi 20 años después de su muerte por los ingleses Lawrence Durrell y Edward Morgan Forster.
Por Analía Pinto
Konstantinos Kavafis (o Constantino Cavafis) nació en Egipto, en la mítica ciudad de Alejandría en 1863, y murió allí en 1933. En línea con ese aire mítico, escribió toda su obra en griego. No solo escribió en ese idioma sino que vivió bajo el influjo de la imperecedera cultura clásica, y puede decirse que es, al fin y al cabo, el más reconocido de los poetas alejandrinos, aunque ellos brillaran hacia el siglo III a. C. con nombres como Teócrito, Arato o Apolonio.
Su poesía, secreta, íntima, marginal, tanto que circulaba solamente en reducidas impresiones entre sus amistades más cercanas, está imbuida del espíritu del mundo antiguo. En sus poemas podemos ver a Julio César, a los romanos, a Cleopatra, a los mercaderes fenicios, a los bárbaros, los cíclopes y a Nerón mismo ante el oráculo de Delfos. Y mientras la Antigüedad clásica desfila en sus versos, con todas sus miserias y todos sus ornatos, también vemos al pasar a los hombres del siglo XIX y comienzos del XX que ambulaban por las calles de Alejandría; vemos los deseos que los consumían –los que también consumían al poeta–, las tabernas, los comercios, los lenocinios de una ciudad que el autor amaba tanto como detestaba.
Recién en los años 50, los escritores ingleses Lawrence Durrell y Edward Morgan Forster, fascinados con este poeta de los arrabales alejandrinos, al punto de que el propio Durrell lo homenajea en su famoso Cuarteto de Alejandría, fueron quienes lo hicieron conocer de este lado del mundo, propiciando traducciones y ediciones de su obra volátil y dispersa. Gracias a ese entusiasmo, en la actualidad podemos disfrutar de esta lírica singular y única, de la que quiero rescatar especialmente un poema, quizás el más famoso del autor de hoy: Ítaca.
Ítaca, como se sabe, es la patria de Odiseo (o Ulises), el héroe de La Odisea. Ítaca es el lugar al que debe volver, al que siempre quiere volver, al que todo le impide volver. Ítaca es más que una bellísima isla griega: es el deseo en estado puro, es el impulso que lleva a los hombres a las aventuras más inimaginables, es aquello que nos empuja fuera de los límites de lo conocido –eso que ahora llaman pomposamente “zona de confort”– para enriquecernos con sabiduría y experiencias. Pero todo esto y más lo ha dicho muchísimo mejor y más certeramente, desde luego, el propio Kavafis en su poema, y vaya ahora a manera de antídoto contra el wokismo cinematográfico que se está cerniendo sobre el universo homérico:
Cuando emprendas el viaje hacia Ítaca,
ruega que tu camino sea largo
y rico en aventuras y descubrimientos.
No temas a lestrigones, a cíclopes o al fiero Poseidón;
no los encontrarás en tu camino
si mantienes en alto tu ideal,
si tu cuerpo y alma se conservan puros.
Nunca verás los lestrigones, los cíclopes o a Poseidón,
si de ti no provienen,
si tu alma no los imagina.
Ruega que tu camino sea largo,
que sean muchas las mañanas de verano,
cuando, con placer, llegues a puertos
que descubras por primera vez.
Ancla en mercados fenicios y compra cosas bellas:
madreperla, coral, ámbar, ébano
y voluptuosos perfumes de todas clases.
Compra todos los aromas sensuales que puedas;
ve a las ciudades egipcias y aprende de los sabios.
Siempre ten a Ítaca en tu mente;
llegar allí es tu meta; pero no apresures el viaje.
Es mejor que dure mucho,
mejor anclar cuando estés viejo.
Pleno con la experiencia del viaje
no esperes la riqueza de Ítaca.
Ítaca te ha dado un bello viaje.
Sin ella nunca lo hubieras emprendido;
pero no tiene más que ofrecerte,
y si la encuentras pobre, Ítaca no te defraudó.
Con la sabiduría ganada, con tanta experiencia,
habrás comprendido lo que las ítacas significan.
(Traducción directa del griego de Cayetano Cantú)
El poema, escrito en 1911, resplandece aún como aquellas gloriosas mañanas de verano que menciona, y nos invita, con esa misma diafanidad, a no perder nunca de vista que lo esencial no es la meta sino el camino hacia ella. Que aunque siempre anhelemos volver a nuestra propia Ítaca, aunque siempre miremos hacia esa mítica isla imposible, lo que realmente debería importarnos es el viaje en sí con sus peripecias y accidentes, las verdaderas riquezas.
La huella que deja este poema es tal que diversos artistas han escuchado su llamado y lo han volcado en distintos soportes. Por ejemplo, el dibujante Gavin Aung Than –más conocido como Zen Pencils en Internet– lo volvió un precioso cómic, mientras que el español Fabián C. Barrio y el escocés Sean Connery nos regalan sus conmovedoras y conmovidas lecturas del poema, en castellano el primero y en inglés el segundo.
En momentos en los que todo son atajos, hacks, trucos y desvíos para evitar esto, aquello y lo otro; en que todo se acelera sin posibilidad de apretar ningún freno; en momentos en que la atención plena se ha evaporado en la horrible pócima de la distracción estéril; en momentos en que impera la incultura de la inmediatez inmediatísimamente inmediata, en los que no hay posibilidad certera de sustraerse al ritmo demencial de las imágenes, los reels y las historias –que nada tienen que ver con la Historia–; en estos tiempos en los que disponer de tiempo es un lujo más codiciado que la madreperla, el ébano y el coral, en que vivir parece ser tan solo una desenfrenada carrera por ganarle un centímetro, un minuto, un nanosegundo al prójimo –que ya no es prójimo sino declarado enemigo, tan fiero y terrorífico como los cíclopes–; en momentos así, digo, este poema viene a recordarnos que es posible bajarse de ese infinito desfile de falsedades y vanidades, y que no se necesita más que una poesía, un paisaje, un bello cuadro, una canción interpretada –todavía– por seres humanos, o cualquier otra cosa que nos recuerde que estamos vivos. Porque el mundo es celebración y belleza, y no la oscura caverna custodiada por los lestrigones tecnológicos en la que quieren denonadamente convertirlo.
Una vez más comprobamos, hoy con el alejandrísimo Kavafis, que sin poesía no hay paraíso.